27 de junio de 2026 · Carenas Guía
La torre mudéjar desaparecida: lo que el terremoto y la piqueta se llevaron
La torre mudéjar de la iglesia de Santa María de Carenas sobrevivió al terremoto de Lisboa de 1755 pero no a la piqueta de 1930.
En 1930, la iglesia de Santa María de Carenas perdió su torre. No fue un terremoto. No fue una guerra. Fue una decisión administrativa que autorizó la demolición de un campanario mudéjar de varios siglos de antigüedad porque su estado estructural —dañado desde el terremoto de Lisboa de 1755— se consideró irrecuperable.
Hoy, de aquella torre solo quedan tres cosas: una fotografía difusa tomada por el periodista Jorge Mora Insa, la cicatriz en la fábrica de la iglesia donde se adosaba y la constancia de que, el 21 de febrero de 1931, la Comisión Permanente de la Diputación Provincial de Zaragoza debatió las "mutilaciones cometidas en Tobed, Torralba de Ribota y Carenas".
Una torre que era castillo
La torre de la iglesia de Santa María no era un simple campanario. Estaba construida sobre los restos del antiguo castillo medieval de Carenas, esa fortificación probablemente musulmana que los documentos del siglo XII mencionan como el núcleo original del asentamiento.
Cuando los monjes cistercienses compraron Carenas en 1199, adquirieron una torre, no un pueblo. Esa torre fue reaprovechada como base del campanario al construirse la iglesia entre 1258 y 1281. Durante siglos, la torre cumplió una doble función: campanario para el culto y vigía sobre el valle del Piedra.
La ampliación mudéjar de 1548 la revistió de ladrillo y yeso, integrándola en el estilo dominante de la época. Era, junto con las torres de Tobed, Torralba de Ribota y otros pueblos de la comarca, un ejemplar más del riquísimo patrimonio mudéjar aragonés —declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986, aunque para entonces la torre de Carenas ya no existía.
1755: el terremoto que la hirió de muerte
El 1 de noviembre de 1755, el terremoto de Lisboa —magnitud estimada 8.5-9.0— sacudió la península ibérica. Las crónicas documentan daños en la iglesia de Santa María. Grietas. Desplomes parciales. Y, sobre todo, problemas estructurales en la torre.
La torre no se cayó aquel día. Pero quedó inclinada. Durante los siguientes 175 años, su estabilidad fue empeorando. Los vecinos se acostumbraron a verla torcida contra el cielo del valle.
1930: la piqueta
A finales de la década de 1920, los informes técnicos fueron concluyentes: la torre no podía salvarse. En 1930 se autorizó y ejecutó la demolición. No hubo un movimiento ciudadano que lo impidiera. Solo una persona parece haber documentado el final antes de que fuera tarde: el periodista Jorge Mora Insa, que fotografió la torre inclinada. Esa fotografía —borrosa, en blanco y negro— es el único testimonio visual que nos queda.
1931: la queja que llegó tarde
El 21 de febrero de 1931, la Comisión Permanente de la Diputación Provincial de Zaragoza debatió las "mutilaciones cometidas en Tobed, Torralba de Ribota y Carenas". La DPZ tomó nota, lamentó lo ocurrido y no pudo hacer nada: los hechos estaban consumados.
Lo que perdimos
- El último vestigio visible del castillo medieval que dio origen a Carenas.
- Un ejemplar del mudéjar aragonés del siglo XVI, de la misma familia que las torres hoy protegidas de Tobed y Torralba.
- Un elemento clave del paisaje urbano de Carenas, reconocible desde la lejanía por su torre inclinada.
- La posibilidad de estudiar arqueológicamente los restos del castillo que servían de base al campanario.
Lo que podemos hacer hoy
La pérdida de la torre es irreversible. Pero no tiene por qué repetirse. La ermita de San Sebastián, en las afueras del pueblo, está en un estado de deterioro avanzado. Sin intervención, podría seguir el mismo camino. La lección de 1930 es clara: el patrimonio que no se protege a tiempo, se pierde para siempre.
Fuentes: Melendo Pomareta, J. (2018). La Iglesia de Santa María de Carenas. — Melendo Pomareta, J. (2018). La torre inclinada de Santa María. Revista Karenis, 19. — Mora Insa, J. (1930). Fotografía de la torre de Carenas. La Voz de Aragón, 8. — La Voz de Aragón, 22 de febrero de 1931.